Crítica social

De topillos y hombres

2.-

Dejé de contar al llegar a 100. Durante cuatro meses, cada nueva captura subía al marcador del grupo de WhatsApp familiar. Al principio, en la emoción de la caza, Carlota, la pequeña de la casa, me acompañaba a revisar las trampas y festejaba nuestros primeros éxitos. Hasta que una rata topo salió viva. El cepo no le había roto el cuello, únicamente le había pillado el morro y el animal se debatía con gran sufrimiento. ¿La soltamos?, preguntó consternada ante aquel animal sufriente. Un instante antes yo me había preguntado lo mismo. Pero, ¿soltar al animal herido apiadado por su dolor y después continuar colocando trampas para contener la plaga? ¿O quizás dejar de matar animales tras percibir el sufrimiento en su agonía? Hasta entonces las trampas me los habían devuelto muertos y no hubo dilema; al fin y al cabo eran ratas de campo, animales que horadan la tierra devorando raíces, matando árboles, creando cráteres donde la bota se hunde y la segadora se traba. No, pedir a la niña que no mirase y romper la columna del topillo herido contra una piedra no fue divertido. Pero sigo colocando trampas y sólo dejé de contar al llegar a cien. En algún momento había que parar.

Crítica social

De topillos y hombres

1.-

Hoy por la mañana revisé las ocho trampas y sólo con una había tenido éxito. Al extraer de la tierra el cilindro descubrí el cadáver de una rata topo. En realidad, se trataba nada más que de una cría que, inexperta, no había desconfiado de las varillas de plástico que se interponían en la galería y que, al tocarlas, habían activado el cepo que la mató. Las demás trampas también habían saltado, sí, pero sus resortes habían reaccionado a la tierra empujada por alguno de los congéneres de la cría. Como de costumbre, cogí el animal muerto y lo arrojé al viejo tocón donde acostumbramos a celebrar la hoguera de San Juan. Una hora más tarde, no quedaba nada. Un ave rapaz, o quizás alguno de los muchos gatos que habitan nuestro pueblo, había dado buena cuenta del pequeño roedor.

Recomendaciones

El abismo de la cama

Fue después, al hacer una selección de relatos para presentarme al Alfonso Grosso de Sevilla, cuando descubrí que todos giraban, de un modo u otro, alrededor de la familia. De ahí al título hubo sólo un paso: “Retratos de familia”.

El año que comienza  será para mí especial en lo que a números redondos se refiere. Como el Fin de Año, los aniversarios medidos en lustros son hitos de carretera cuya finalidad no va más allá de hacernos ver en qué punto del camino nos encontramos.  Este año que comienza está marcado en rojo para mi familia. Hay mucho que celebrar, y mucho acerca de lo que reflexionar. Como preludio, comparto con vosotros el relato más especial de la colección. Espero que disfrutéis con “El abismo de la cama”.

 

Podéis encontrar "El abismo de la cama" en este enlace.

Relato incluido en "Retratos de familia", disponible en este enlace de Amazón.

Recomendaciones

La mano de arcilla.

La fotografía del tapiz de la página web es mi mejor carta de presentación. Una espalda, una camilla, útiles de escribir, un texto, un paisaje, mi uniforme de fisioterapeuta. Nada escogido al azar. El paisaje es el cuadro que cada mañana enfrento desde el estudio donde aún me afano por escribir; la camilla, mi herramienta de trabajo desde hace veinticinco años; las plumas y el tintero sí, son puro artificio ­­-qué haría yo sin el teclado de un ordenador ahora que ni entiendo mi propia letra- idea de Pablo Nosti, buen amigo de café y estupendo fotógrafo, pero la espalda es la de Celia, mi hija mayor, la letra que adorna su espalda, la cuidada caligrafía de mi esposa María Luisa, y el texto, las primeras líneas del relato La mano de arcilla.